Noche estrellada, buena suerte

Vista del mercado en la población de Bangued (Filipinas) con variedad de frutas y verduras.


El cielo se había nublado anunciando una borrasca intensa de color atardecer difícil de olvidar. Llovió y llovió sin que pudiéramos hacer nada por poner nuestro rebaño a salvo. Así, a la intemperie, durmieron aquella noche bajo una tormenta que dejó paso a un escenario estrellado sin igual. Hay un dicho en nuestro pueblo que dice que tras una noche como esa siempre llegarán buenas noticias.

Tras el cacareo del gallo todos nosotros nos ponemos en marcha, nos desperezamos y tomamos un buen desayuno a base de arroz y pescado frito. En estos lugares desayunar es una oportunidad que no se deja escapar. Una vez lista, me puse mi mejor vestido y ataviada con un sombrero y un paraguas para protegerme del sol, salí de casa en dirección al mercado. Allí tendría que coger sitio y esperar a que mi padre trajera la cosecha de estos últimos días. La colocaría de forma atractiva para que los clientes al pasar delante de ella le parecieran irresistibles y me compraran lo suficiente para traer un buen dinero a casa. Esos días me sentía útil y toda la familia me felicitaba (como si el mérito fuera mío y no de las frutas y verduras).

Todo parecía presagiar un nuevo día de éxito en el mercado, estaba repleto de gente, desesperada por comprar algo ya que el día anterior, con la lluvia, no pudieron hacer acopio de alimentos. De golpe, se empezaron a oir murmuros al final de la calle y no parecía desaparecer, es más, poco a poco los oía cada vez más cerca. El ruido iba acompañado de gente que rodeaba a un individuo que sobresalía por encima de la multitud. Era alto y blanco como el marfil y lucía una gorra que decía USA. Raramente se veía un americano por estos lugares, desaparecieron tras la independencia y todos volvieron a su país. Era como alguna vez me contaron los que eran como él: piel clara y fina, ojos despiertos y altos, muy muy altos. Llevaba un mapa en la mano ya que aquí los móviles no sirven de mucho. Gritaba entre la multitud señalando un punto en el mapa, pero nadie le hacía caso, nadie hablaba su idioma.

La masa de gente lo llevaba casi en volandas y al pasar frente a mí se detuvo. Abrieron ese círculo que habían creado y todos me señalaban entre murmuros. Con ese gesto el extranjero entendió que debía preguntarme a mí. Estaba sentada en el suelo por lo que hice el gesto de incorporarme, pero no hizo falta ya que él se agachó mostrándome el mapa. En él había una zona rodeada por un círculo hecho con rotulador. Señalaba un santuario que fue destruido por los americanos al llegar aquí. Desconocía por qué aquel chico de mirada ingenua quería llegar hasta ese lugar, pero todos los habitantes del lugar sabíamos que ya no existía, que se había plantado en su lugar medio centenar de árboles de tamarindo en recuerdo a las vidas que se perdieron.

En mi escaso inglés le conté que el templo ya no estaba y que solo habían árboles allí. Ya nada era digno de visitar. Él entre súplicas me dijo que necesitaba visitar ese templo porque allí estaba su padre y me mostró una cadena con un par de chapas militares. Parecía ser que su padre había muerto en aquel conflicto que todavía los habitantes del pueblo nunca logramos comprender. Allí donde había paz irrumpieron unos soldados sedientos de odio, pero únicamente encontraron resistencia y fe. Ahora, después de tantos años, la herencia de aquella pesadilla venía a visitarnos en busca de respuestas. Lo que nunca supo es que el templo fue sustituido por una naturaleza que nunca olvida de dónde somos y para qué hemos venido.